11 mar. 2012

Bon Bini Na Boneiru.




BONAIRE. Parte de las Antillas Holandesas. Rebosa de belleza natural y encanto. Vientos alisios suaves y tranquilas aguas de color azul turquesa hacen que Bonaire presente la mezcla perfecta para practicar diferentes deportes acuáticos, tanto como windsurf, buceo, snorkelling o kite, entre otros. La mayor parte de sus habitantes son mulatos, producto del mestizaje entre europeos y africanos. Sin embargo, he observado que una importante parte de su población tiene varios orígenes, destacando los Países Bajos, la República Dominicana, Venezuela, Colombia, Surinam y los Estados Unidos de América.
 La isla está recorrida por caminos y senderos, por lo cual necesitas un 'pick-up truck' o un 4x4 para desplazarte, ya que un turismo normal se rompería al cabo de unos pocos meses... De hecho acaban de construir su tercera rotonda y no tienen semáforos. En su interior se hallan varios lagos de agua salada, acompañados también por bastantes flamencos.




 Algo que me ha llamado mucho la atención eran los nombres de los sitios de buceo que están marcados por rocas pintadas de un amarillo brillantes, situadas a un lado del camino. Llevan nombres como 1.000 Steps (1.000 Pasos), Alice in Wonderland (Alicia en el país de las maravillas), Country Garden (País Jardín) y Sweet Dreams (Dulces Sueños). Nombres muy originales que al verlos te sorprenden porque no te lo esperas para nada. Nombres que llegan a alegrarte el día y pintar en tu cara una sonrisa.
 Lo que más me gusta de Bonaire es su cultura, una cultura que se ve reflejada en las caras de sus habitantes. Las diferentes matices y rasgos cuentan la historia de muchas influencias. Ya sean indios, africanos, asiáticos o europeos, todos han contribuido a la cultura de Bonaire dejando distintas costumbres y formándose así una gran cultura. La sonrisa de bienvenida y el suave pero firme apretón de manos que se transmite entre viejos y nuevos amigos es algo que nunca olvidaré, al igual que sus celebraciones religiosas y festivas, sin duda alguna. Algo que no falta en esta isla es la música, una mezcla de ritmos tribales pero a la vez componen un toque moderno y autóctono.
 Tal vez el aspecto más importante de la cultura de Bonaire sea la comida. La buena comida. Una gran mezcla de distintas cocinas; holandesa, indonesa, india... Y no terminaría si tengo que nombrar la gran variedad de sabores que se esconden dentro de cada plato. Una lista interminable; infinita.

 Sin pensarmelo dos veces, la mayor belleza de toda la isla se encuentra en la vida subacuática en la que me he encontrado con una gran variedad de flora y fauna que podría comparar con un paisaje de ciencia-ficción. Creo que ni en el supermercado he visto tanta variedad de peces que aquí. 
 Una de las primeras cosas que he notado es la cantidad de idiomas que se hablan por aquí: Holandés, inglés, español, papiamento... Esta última es una lengua que personalmente me encanta porque es una mezcla de todos los anteriores con un aire a portugués. Tengo claro que es el siguiente idioma que quiero aprender.




 Bonaire es una isla con una mentalidad muy distinta a la que yo estoy acostumbrada percibir. Aquí no se trata de tener lo último de lo último, se conforman con poco y son felices con lo que tienen. Aquí nadie va con prisas, pues la típica expresión es "poco poco", que mucho se parece al español; poco a poco. No miran el reloj, pues si llegan tarde no pasa nada porque todos tienen tiempo, cosa de antillanos supongo. Aquí son todos mucho más espontáneos, más felices, como debería ser en mi opinión, disfrutan de la vida y no se quejan del más mínimo error que cometen. Aquí no importa tener más dinero o menos, todos son iguales, no es más 'guay' el que es más rico ni más 'inferior' el que poco tiene. Aquí no se trata de tener el típico cuerpazo de cine, para nada, aquí tener curvas es bonito, es una señal de que te alimentas y te cuidas bien. Por muy cómico que suene, culos grandes, mollitas, pelo recogido en un moño firme y llevar la ropa ajustada caracteriza a la típica mujer caribeña. 



 He aprendido varias cosas, pues me he dado cuenta de que cuando triunfaba el comercio de la sal, los barcos amarraban fuera de los arrecifes y pequeños barquitos llevaban la sal hasta los barcos. En su tiempo, un pequeño número de esclavos africanos fueron obligados a trabajar en la cosecha de sal. A ellos se unieron los indios y los condenados. 
 Las casitas en las cuales dormían los esclavos no son mucho más altos que la cintura de un hombre y son totalmente contruidos de piedra.



 ¿Qué más decir? Es una isla increíble y acabo de pasar los diez mejores días de mi vida.


Mi dushi, Boneiru.


1 comentario: